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El ondense Manuel Alfonso Ortells, memoria viva de Mauthausen

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El ondense Manuel Alfonso Ortells vive en Burdeos.

El ondense Manuel Alfonso Ortells vive ahora en Burdeos.

El ondense Manuel Alfonso Ortells fue uno de los más de 10.000 españoles que fueron deportados a los campos de concentración y de los pocos que hoy quedan para contarlo. Manuel Alfonso Ortells es dibujante. Le salvó la vida entrar a trabajar en la oficina para la construcción del campo y hacer algún dibujo pornográfico a cambio de una ración de comida. Con 94 años, vive en Burdeos. Allí guarda su tesoro: una carpeta repleta de dibujos realizados con papel de los planos del campo. Nunca volció a España para vivir.

Manuel Alfonso Ortells nació en 1918, y según el reportaje publicado por El País, este nonagenario ofrece desde las primeras conversaciones por teléfono la impresión de un hombre inquieto con muchas ganas de contar su experiencia en los campos nazis. Actualmente en silla de ruedas, posee un espíritu positivo incluso al recordar los acontecimientos más trágicos. Es generoso, divertido, nervioso, tal como transmite en su libro autobiográfico De Barcelona a Mauthausen. Diez años de mi vida. Lo escribió en 1984, como él dice, de memoria y sin haber leído apenas las experiencias de otros deportados. Antes de conseguir un editor, hizo 60 ejemplares de forma artesanal, a base de fotocopias, para sus hijos, amigos y archivos; todos eran diferentes.

Desde niño le apasionaban las imágenes de la revista TBO, por lo que estudió dibujo en la escuela de cerámica de Onda (Castellón). Al estallar la Guerra Civil se alistó voluntario en la mítica Columna Durruti, estuvo en el frente de Aragón; a los pocos meses fue nombrado sargento y en una contienda fue ametrallado cerca de la frontera. Logró escapar hasta Francia, donde pisaría diversos campos franceses y se enrolaría en compañías de trabajadores extranjeros. En uno de ellos, en Septfonts, consiguió comprar clandestinamente, si así puede decirse, un lápiz, un cuaderno para dibujo y papel de escribir para enviar cartas a su madre. Esos fueron entonces sus tesoros más queridos.

Los bombardeos se intensificaron, París cayó en junio de 1940 y Pétain firmó el armisticio con Alemania. Ortells fue capturado por el Ejército alemán en St. Dié (Vosges) y trasladado al Stalag XI B, donde dibujó una copia a lápiz de una fotografía de su madre, la misma que consiguió esconder en el campo de Mauthausen burlando la vigilancia nazi y que muestra ahora con orgullo en su casa.

“Cuando llegamos en tren éramos muchos, unos 800, ¡y no sabían qué hacer con todos nosotros! Nos pusieron en una barraca con todas las pertenencias. Aproveché y escondí cosas, lápices, papel, fotos, el dibujo del retrato de mi madre, todo rápido, rápido… en el colchón. No nos registraron hasta el día siguiente, cosa muy rara. Ese dibujo estuvo conmigo hasta la liberación, escondido como se podía, debajo de las axilas durante la inspección de barracones…”. El dibujo le salvó la vida, repite constantemente. Su afición a dibujar y a firmar con un pequeño pájaro, símbolo de sus ansias de libertad, fue decisiva para que le apodaran El Pajarito. Con su astucia, se fue ganando poco a poco la confianza de sus superiores, llegando a realizar caricaturas de sus compañeros y postales de Navidad, y a lograr en alguna ocasión una ración extra de comida a cambio de dibujos pornográficos.

Durante unos cinco meses trabajó hasta el límite de sus fuerzas en el comando Strassenbau, dedicado a la construcción de la carretera de Mauthausen. Hambre, trabajo y frío, mucho frío, en invierno. De repente, en mayo de 1941, le reclamaron en el baubüro, la oficina de los ingenieros y arquitectos donde se hacían los planos para la construcción del campo. Le hicieron una prueba, la superó y allí trabajó hasta el día de la liberación. “Había presos arquitectos que eran polacos, checos, yugoslavos, belgas, algún francés; el kapo era alemán, y había cuatro españoles: Muñoz, artista y pintor valenciano; Pérez, joven madrileño delineante, y otros dos que eran ordenanzas de los SS. Incluso vi alguna vez por allí durante cierto tiempo a un buen pintor judío ruso, Smolianoff, que fue el grabador que falsificó, por cuenta de los nazis, papel moneda inglés”. En el campo también conoció a Otto Peltzer, atleta alemán ganador de los 800 metros en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1932. Estaba preso en Mauthausen por ser homosexual e ir contra la ideología nazi.

Pronto presenció otro acontecimiento que le impactaría y que reflejaría en uno de sus dibujos más crudos y coloridos. En la cantera, unos judíos holandeses están subiendo los 186 escalones aupando una camilla con sus compañeros muertos y ensangrentados. “Yo vi a este equipo de presos que dibujé trasladando a sus muertos con los brazos colgando y las escaleras con rastros de sangre de otros que también murieron”. Lo dice mientras enseña su dibujo Solidaridad, en el que refleja la ayuda de un deportado con traje de rayas a otro preso sin fuerzas para sostenerse en pie. La Federación Española de Deportados e Internados Políticos (FEDIP), creada en 1945 y disuelta hacia el año 2000, llegó a estampar dicho dibujo en formato de sello de correos.

Tras la liberación, Ortells se instaló en Burdeos; no pudo dedicarse profesionalmente al dibujo, pero algunos sirvieron para ilustrar libros. Conoció a su esposa, Natividad Eguiluz, con la que se casó en 1949 y tuvo descendencia. Antes de cerrar su álbum de recuerdos, Ortells extrae un último dibujo, el que se hizo a sí mismo en Burdeos. Sentado encima de una tortuga como transporte, sigue una flecha que indica el camino a España. Riendo explica: “Claro, me dibujé a mí mismo así, como quien no tenía prisa alguna para regresar, a paso de tortuga”.

Fuente – elpais.com

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